Segregación horizontal y vertical de género en los mercados de trabajo en Chile

Por Pamela Caro (Colaboradora CIPSTRA)

Esta es la segunda columna de la serie de publicaciones de mujeres investigadoras sobre el mundo del trabajo, que estaremos subiendo con el objetivo de contribuir a la divulgación de sus temáticas de estudio y hallazgos, en un contexto de fuerte e injustificada masculinización del campo de los estudios del mundo del trabajo y el sindicalismo. Para proponer una columna en esta línea, así como para contactar a la autora de la presente, pueden comunicarse directamente a nuestro correo cipstra@gmail.com


Esta columna busca ahondar en el fenómeno de la segregación laboral existente en los mercados laborales en Chile y profundizar en cómo ello incide en la ampliación de las brechas de desigualdad existente entre hombres y mujeres, con consecuencias en la menor calidad de empleo de las mujeres, y sus efectos en menores salarios, menores oportunidades de desarrollo de carrera y mayor carga global de trabajo, si asumimos una mirada amplia al concepto de trabajo, que incluye el trabajo productivo remunerado, junto con el trabajo reproductivo, no remunerado y de cuidado.

El concepto segregación laboral de género implica un acceso diferencial entre hombres y mujeres a diferentes oportunidades, ingresos y puestos de trabajo, sólo por haber nacido hombre o mujer. Tiene un importante papel en la reproducción de la desigualdad de género. Comienza con la elección de las personas que hacen de las carreras a estudiar (sean técnicas o universitarias), cuyo impacto se observa posteriormente en su vida laboral. Estudios indican que las razones que explican la menor participación de mujeres en carreras tecnológicas, tienen relación, con la violencia simbólica de género dentro del sistema educativo, entre ellos estereotipos presentes en el material educativo, y segregación en la orientación vocacional que afecta la participación femenina en el progreso científico-tecnológico y en la educación técnica [1]. 

La segregación horizontal, es entendida como las dificultades que tienen las personas en acceder a ciertos cargos u ocupaciones, determinados por la cultura. Por ejemplo, las mujeres acceden más a empleos de sectores tradicionales “feminizados” (empleo doméstico, sector servicios o educación), porque son para los que se las convoca y para los que creen tienen mayores habilidades, asociadas a una socialización histórica en el desempeño de roles domésticos y reproductivos; por el contrario, tienen dificultades para incorporarse a trabajos que generalmente concentran a una mayoría de hombres, categorizados como “masculinizados” (transporte, construcción o minería), porque son contraculturales a lo que se les ha asociado tradicionalmente. Del mismo modo, los hombres encuentran dificultades en el acceso a profesiones u ocupaciones consideradas tradicionalmente femeninas. 

El problema del mercado laboral no es que hombres y mujeres se sitúen en ocupaciones distintas, sino que ellas acaben sistemáticamente en posiciones más desventajosas, lo que viene a cuestionar el efecto igualador del incremento de las tasas de participación laboral femenina en el resto de los ámbitos de la vida [2]. Investigaciones en el mundo han concluido que espacios altamente masculinizados, reproducen desigualdades y jerarquías de género [3], que pueden manifestarse de manera vertical, cuando la distribución por género en la escala jerárquica se traduce en dificultades para el ascenso de las mujeres, y horizontal, cuando se produce la concentración de mujeres u hombres en ciertos sectores productivos y ocupaciones [4], como es el sector feminizado de Servicios, Sociales y Personales donde el 73,4% son mujeres o el sector de la minería con proporciones inversas, siendo un 9,6% (CASEN, 2017). 

La segregación horizontal resulta un elemento que es tanto estructurado como estructurante de los mercados de trabajo. Estructurado porque las mujeres se incorporan a la fuerza de trabajo en actividades o sectores que ya ocupaban y estructurante porque las características de trabajadores/as y puestos de trabajo serán distintas según se consideren las ocupaciones y ámbitos feminizados, masculinizados o neutros [5].

La segregación vertical por su parte, implica dificultades que afectan a las mujeres para ocupar puestos de toma de decisiones en espacios laborales, lo que impacta en sus condiciones laborales y equidad en el desarrollo profesional. 

Los estudios han evidenciado que una primera consecuencia de esa definición de territorios por género se expresa en remuneraciones más bajas para las mujeres y menores oportunidades de perfeccionamiento y de ascenso en la carrera laboral [6]. La segregación ocupacional puede corresponder a discriminación de género y se expresa en brechas salariales las que alcanzan en Chile a cerca de un 30%, pese a que los niveles educacionales de las mujeres puedan ser incluso superiores a los de los varones. 

La evidencia indica que las mujeres presentan mayores niveles de precariedad laboral que los hombres entre quienes cuentan con niveles educativos iguales o menores a la enseñanza media completa y entre trabajadores con menores niveles de ingresos. Además, ellas están más expuestas a riesgos de salud mental que los hombres y presentan mayor prevalencia de distrés elevado o muy elevado (37%), muy por encima de los hombres (29%); las razones que esgrimen los y las trabajadoras son principalmente el trabajo remunerado (40%), seguido de la combinación trabajo remunerado y doméstico (28%) [7].

Estos datos revelan la persistente desventaja de género que las mujeres viven cotidianamente, siendo las principales responsables del trabajo no remunerado del hogar, con el cual aseguran la supervivencia física y social de los miembros de la familia, agudizada en mujeres trabajadoras que tienen la misma carga horaria que sus pares hombres. Como resultado las mujeres tienden a tener una carga de trabajo diario combinada más alta que los hombres dando origen a lo que se conoce como “pobreza de tiempo” [8]. Así las mujeres que deben compatibilizar trabajo y familia desarrollan “doble jornada” o “segundo turno” a expensas de su tiempo personal [9]. La cuestión del uso del tiempo libre es tan importante que ha llegado a ser considerado uno de los tres principios esenciales para lograr la equidad de género en el bienestar social [10].

Pamela Caro, es Doctora en Estudios Americanos, mención Estudios Sociales y Políticos. Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile (2013). Actualmente es directora del Centro de investigación aplicada en Familia, Trabajo y Ciudadanía CIELO, en la Universidad Santo Tomás. Investigadora Responsable del Proyecto Fondecyt Regular “Fracturas al orden de género en la gran minería en Chile: trayectorias personales y ocupacionales de mujeres en cargos no tradicionales, analizados desde la interseccionalidad”. Directora de proyecto FONDEF Desarrollo de modelo de gestión integral para la inclusión sustentable de mujeres en industrias masculinizadas -la minería en Chile-, basado en sistema de alerta temprana de barreras de género y prototipo de intervención” (2017-2018). Directora proyecto FIC de la región de O’Higgins, llamado “Fortaleciendo emprendimientos turisticos de Mujeres”  (2017-2018). Investigadora Responsable proyecto FONDECYT “Fracturas al orden de género en la gran minería en Chile: trayectorias personales y ocupacionales de mujeres en cargos no tradicionales, ejecutivos u operarios, analizados desde la interseccionalidad” (2018-2021).

Referencias

[1] BERLIEN, K., Varela, P., Robayo, C. (2016). Realidad nacional en formación y promoción de mujeres científicas en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Santiago: CONICYT – Isónoma Consultorías Sociales Ltda.

[2] CARABAÑA, J. y SALIDO, O. (2007) “Paro, pobreza, Estado y familia en España”, Cuadernos de Relaciones Laborales, Vol. 25, 1:161-194.

[3] IBÁÑEZ, M. (2008). “Al otro lado de la segregación ocupacional por sexo. Hombres en ocupaciones femeninas y mujeres en ocupaciones masculinas”. Revista Internacional de Sociología. Vol. 68, Nº 1. España. Enero-Abril.

[4] MARTÍNEZ, M.J. (2009). “Las mujeres y la segregación laboral en la Unión Europea”. Tercer Congreso de Economía Feminista, Centro de Formación Feminista Carmen de Burgos, Instituto Andaluz de la Mujer.

[5] ANKER, R. (1988). Género y trabajos. Segregación sexual de ocupaciones en el mundo. OIT. Ginebra.

[6] MAURO, A. GODOY, L. GUZMÁN, V. (2001) Trabajo y relaciones de género: percepciones y prácticas de los varones. Documento de trabajo, Santiago de Chile: Centro de Estudios de la Mujer. 

[7] ANSOLEAGA, E. TORO, J.P. (2014) Salud mental y naturaleza del trabajo: cuando las demandas emocionales resultan inevitables. Revista Psicología: Organizacoes e Trabalho, 14(2), abr-jun, 180-1989.

[8] KABEER, N. (2012). Empowerment, citizenship and gender justice: a contribution to locally grounded theories of change in women’s lives. Ethics and Social Welfare, 6 (3). pp. 216-232. ISSN 1749-6543

[9] SARACENO, C. (2011). Childcare needs and childcare policies: A multidimensional issue. Current Sociology 59(1). 78-96

[10] FRASER, N. (1997). Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Universidad de los Andes.

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