[Columna] El neoliberalismo mata, lo dice la epidemiología

Fernando Baeza Rivas

Miembro de CIPSTRA

Muchas de estas reflexiones son fruto del trabajo colaborativo dentro los equipos del FONDECYT 1171105 y del proyecto RUCAS -Regeneración Urbana, Calidad de Vida y Salud-, ambos alojados el Departamento de Salud Pública de la Universidad Católica.

Las políticas públicas impactan directamente sobre la vida diaria de la población. Analizar las políticas neoliberales desde el punto de vista de la salud, da cuenta de la gravedad de sus efectos. La epidemiología, que es el estudio de la distribución y las causas de las enfermedades en la población, nos entrega algunas pistas para este análisis.

Para entender la relación entre el neoliberalismo y la salud, quisiera partir desde dos hallazgos fundamentales de la epidemiología. 1. En general, la mayor proporción de los enfermos se produce por las pequeñas pero persistentes exposiciones de toda la población a aquello que causa la enfermedad. Considerar esto permite identificar mejor las estrategias de prevención más adecuadas[i]. 2. La salud y la enfermedad pueden ser entendidas como expresiones biológicas del lugar que ocupamos en la sociedad. Incorporamos, literalmente debajo de nuestra piel, las condiciones materiales y sociales en las que vivimos[ii].

Vivir en el neoliberalismo es exponernos a sus riesgos. A través de distintos mecanismos se mete en nuestro cuerpo, y sus consecuencias se van acumulando a lo largo de los años, provocándonos enfermedades evitables y muertes prematuras. Considerando que prácticamente todos estamos expuestos a sus efectos nocivos podemos hablar de una verdadera alerta sanitaria.

El neoliberalismo no es algo que simplemente venga añadido al desarrollo económico. Se estructura mediante políticas públicas diseñadas para ofrecerle al emprendimiento privado nuevos mercados, a través de los cuales se administran dimensiones de la vida que hasta entonces no se nos hubiera ocurrido entregarle a la capacidad adquisitiva del dinero[iii].

En Chile, puede ser que estas políticas hayan masificado el acceso a bienes y servicios antes restringidos, como la educación o la vivienda, pero han generado al menos otros dos efectos: la segregación entre los que pueden pagar y los que no, y la mala calidad de las “prestaciones” a las que accede el grueso de la población. Ese ha sido el grito de los estudiantes que aún resuena en la calle. Lo que hoy ha reventado, es precisamente lo insoportable de la vida cotidiana, porque vivirla dignamente es cada vez más difícil.

El neoliberalismo mata por sus efectos tóxicos. A veces tiene manifestaciones agudas, pero en general se deja ver a través de expresiones cotidianas cuyos efectos en salud son menos evidentes. Dejo tres ejemplos.

1. Durante el 2018, cerca de mil personas beneficiarias de FONASA murieron esperando acceder a una garantía explícita de salud -GES AUGE- que no llegó a tiempo. En aproximadamente el 30% de estos casos, la causa de muerte se asocia a la prestación que no recibió, siendo justificado preguntarse si la muerte hubiera ocurrido de haber llegado la atención a tiempo.

En la práctica, la existencia de un sistema de salud dual (FONASA e ISAPRE), segmentado por riesgos e ingresos, ha limitado el financiamiento a la salud pública y concentrado a las personas más pobres, más enfermas y más vulnerables a la enfermedad precisamente en ese sistema público. Círculo vicioso que ha llegado al extremo en la falta de atención en hospitales por no contar con insumos debido al bloqueo del crédito para cubrir la deuda hospitalaria por parte del Ministerio de Hacienda. Todo esto, al mismo tiempo que por derivaciones a camas ante la falta de estas en los hospitales, FONASA le ha pagado cifras millonarias a las clínicas privadas, derivaciones que se han duplicado en los últimos cinco años.

2. Hay otras formas menos evidentes en que las políticas neoliberales enferman. Mediante la desregulación del mercado inmobiliario y las políticas de vivienda basadas en subsidios, la población de menos ingresos fue expulsada hacia la periferia de las ciudades, donde se construyeron durante las últimas décadas las viviendas de peor calidad y alejadas de los beneficios que brinda la vida urbana, provocando no sólo la segregación de la ciudad, sino también la creación de “guetos urbanos”[iv]. Un estudio recientemente publicado por colegas de SALURBAL muestra que la esperanza de vida al nacer para un habitante de una comuna pobre de Santiago puede ser hasta 18 años menos que el de una comuna rica para las mujeres, y 9 años menos para los hombres, la diferencia más grande dentro de una ciudad en Latinoamérica. Dime de dónde vienes y te diré cuándo mueres.

La menor esperanza de vida se explicaría por la precariedad de las condiciones materiales de vida de los hogares, que determinan una peor salud, pero también porque la vida se desarrolla en entornos poco saludables. Entre otras características, estos lugares obligan a largos viajes que dejan escaso tiempo al descanso y la actividad física, cuentan con insuficientes áreas verdes y equipamientos recreacionales, y sus habitantes perciben mayor inseguridad, factores que inciden, por ejemplo, en una peor salud mental e incluso mayor cantidad de enfermos crónicos[v]. Estos ambientes riesgosos para la salud no son como son porque allí vivan pobres, sino porque han sido diseñados sin ningún criterio sobre la calidad de vida de la población, ni el acceso a servicios públicos ni mucho menos a oportunidades laborales. Sí sirvió para resolver el problema de los campamentos que hoy vuelve a aparecer, pero a costa de truncar las vidas de cientos de miles de familias[vi]

3. Finalmente, el neoliberalismo también asfixia. Como cada individuo se hace cargo de los riesgos que le toca enfrentar, los vaivenes de la economía los tenemos que asumir desprotegidos frente a la siempre amenazante crisis, el desempleo, la quiebra o la enfermedad. Mediante un diseño riguroso, pudimos establecer que entre marzo de 2008 y agosto de 2009 –período en el que se extendió última gran crisis económica– se produjeron al menos 200 muertes por suicidio más de las que habrían ocurrido si las tendencias en el suicidio se hubieran mantenido como antes de la crisis[vii]. Los resultados sugieren que el aumento en la tasa de desempleo y la mayor percepción de endeudamiento problemático son algunas de las variables que mejor explicarían el exceso de suicidios durante ese período.

Estos hallazgos hacen total sentido en un país con escasa e insuficiente cobertura del seguro de desempleo (sólo accede a él un tercio de los cesantes), y donde 1 de cada 4 personas tiene una deuda impaga y medio millón de estudiantes salió endeudado de la educación superior. Ni siquiera en Estados Unidos, donde comenzó la recesión, la crisis tuvo semejante impacto[viii]. Cabe señalar que el suicidio es la manifestación última y más aguda de la mala salud mental que se ha constituido en epidemia en Chile producto, entre otras cosas, precisamente de la precariedad de la vida y la incertidumbre respecto al futuro, tal que por cada suicida hay cientos de veces más otros que viven deprimidos, ansiosos o angustiados.

A veces por falta de atención, a veces de a poco, a veces por asfixia. Así mata. Esta epidemia que se extiende sobre quienes viven del trabajo es la que quienes administran este país decían desconocer, tan preocupados de la seguridad pública, pero poco y nada de la seguridad social. En la calle los muros dicen que Chile será la cuna y la tumba del neoliberalismo. Ojalá así sea, porque muere él o morimos nosotros. La salud de la población lo exige, su derrota es clave para evitar más enfermedades injustas, y la historia no demanda menos del momento actual.


[i] Rose, G. (1985). Sick individuals and sick populations. International Journal of Epidemiology, (14), 32–38. https://doi.org/10.1093/ije/14.1.32

[ii] Krieger, N. (2005). Embodiment: a conceptual glossary for epidemiology. Journal of Epidemiology and Community Health, (59), 350–355. https://doi.org/10.1136/jech.2004.024562

[iii] Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Akal.

[iv] Sabatini, F., Wormald, G., Sierralta, C., & Peters, P. A. (2009). Residential Segregation in Santiago: Scale-Related Effects and Trends, 1992-2002. In B. Roberts & R. Wilson (Eds.), Urban Segregation and Governance in the Americas (pp. 121–143). https://doi.org/10.1057/9780230620841

[v] Diez Roux, A. V. (2016). Neighborhoods and health: What do we know? what should we do? American Journal of Public Health. https://doi.org/10.2105/AJPH.2016.303064

[vi] Rodríguez, A., & Sugranyes, A. (2005). Los con techo. Un desafío para la política de vivienda social. In Los con techo. Un desafío para la política de vivienda social. Santiago: Sur.

[vii] Baeza, F.; Vives, A.; González, F.; Benmarhnia, T. (2019). “¿Cómo impactó la Gran Recesión (2008-2009) sobre el suicidio en Chile?”, XXXVII Reunión Científica de la Sociedad Española de Epidemiología y XIV Congresso da Associação Portuguesa de Epidemiologia, Oviedo, 3 al 5 de septiembre. http://gacetasanitaria.org/es-pdf-X0213911119000670

[viii] Harper, S., & Bruckner, T. A. (2017). Did the Great Recession increase suicides in the USA? Evidence from an interrupted time-series analysis. Annals of Epidemiology. https://doi.org/10.1016/j.annepidem.2017.05.017

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